lunes, 3 de diciembre de 2007

Los persas: réquiem por un soldado

Natalia Dicenta interpreta a Jerjes
LOS PERSAS: RÉQUIEM POR UN SOLDADO
Cry Baby
Por Alejandro Cabranes Rubio
¿Las obras del teatro clásico precisan adaptarse a la actualidad, y a ser posible con un lenguaje no concebible en la época en la que se escribió? La respuesta es negativa para dos clases de espectadores: aquellos que necesitan a toda costa una versión ortodoxa –“bien manufacturada”- que no tergiverse ni una coma del original, y la de quienes a pesar de no escandalizarse “por esos atrevimientos” protestan precisamente porque esas modificaciones espacio-temporales les parecen recursos acomodaticios. Particularmente no me decanto ni por el respeto ni por la trasgresión por sistema: habría que analizar función por función.

Toda esta disquisición viene a cuenta de Los persas: réquiem por un soldado, la adaptación que Calixto Bieito ha hecho de Esquilo. Tal como insiste el director en sus folletos de propaganda, la tragedia no puede estar más de actualidad. Cada día llegan noticias de una nueva debacle en Afganistán, Irak, y en cualquier parte del mundo donde unos dicen “defender la libertad” regando de sangre la tierra, y otros replican a sus crímenes con otros tan horrendos. Unos alegan mantener el orden y el honor. Otros reclaman “la guerra santa”. Todos esperan una nueva orden con su guadaña. Unos desconocen porqué están ahí. Otros están decepcionados porque no habían vivido “sensaciones fuertes”. Beitio contempla el horror desde su miseria: su decorado parece más bien el escenario de un grupo de rock que viene a armar barullo. La batería se eleva a un lado de las tablas. Un coche queda suspendido en ellas.

Ese concierto posmoderno arroja saldos positivos, pero con un par de reparos: hay veces que se tiene la sensación de que “quiere provocar” a toda costa y de ahí que algunas veces sus recursos no parezcan estrictamente necesarios; revirtiendo en cierta sensación de “exceso”. Pero considerando que la guerra en sí misma es excesiva su opción es coherente, y quizás el reproche más serio –y aún así no demasiado perjudicial para la función- radique en un ligero gusto por lo coyuntural y el guiño cómplice. Ello se traduce particularmente en una sola escena en la que se introduce en la pista del sonido “la cabalgata de las valkirias”. La posmodernidad nunca se caracterizó por su sutileza, pero hay en ella cosas que hacen falta para mantener vivo el teatro: intención, fusión de elementos culturales, mala uva, búsqueda de nuevas formas, inventiva, furia y –sobre todo- un discurso crítico. Los persas: réquiem por un soldado reúne todas esas cualidades…

Prueba de la inteligencia con la que está concebida radica en su manera de vincular la acción bélica con la espera de la casa, aquí simbolizada en la relación entre Darío (Rafa Castejón refleja la angustia vital que se deriva de ver venir la tragedia) y su hija Jerjes, incorporada por una Natalia Dicenta imponente tanto en su trabajo corporal, gestual y de dicción como cuando demuestra su versatilidad como extraordinaria cantante. Beitio logra que las palabras pronunciadas por uno u otro tenga su contrapunto/acompañamiento en los gestos de quien permanece en silencio: cuando Darío se preocupa por la inconsciencia de Jerjes, ésta camina entre el público con los ojos vendados; si el padre teme que la hija confunda “un orgasmo” –originado por la violencia- con la mutilación de su cuerpo (y por ende de su aparato genital), ésta hace ademán de disfrutar de esa orgía de matanzas hasta que el sonido de la batería la devuelve a la realidad, a las entrañas del desastre. El recurso resulta más efectivo según se preludia la tragedia: mientras Darío evoca el recuerdos de los datos biográficos de Jerjes ésta asiente, sintiéndose reconocida desde el coche (en lo más alto del “más allá”); en el momento en el que se confirman los temores de Darío vemos como un soldado porta una bandera española doblada para cubrir el cuerpo de la fallecida; y, por último, cuando la hija canta “Cry Baby” (expresión sonora de la muerte de Jerjes), el padre baila agarrado a la bolsa que tapa su cadáver…

Ese juego con las simetrías y asimetrías evidencia que Los persas: réquiem por un soldado está diseñada de tal manera que cada acción se vea “reflejada” en otra, como si fuesen espejos que se miran a otros devolviéndose su imagen. Si al principio de la función se extiende la bandera española –y vemos cómo esta desprende arena que cae al escenario- mientras la tropa entona una canción alabando al cometido de las fuerzas armadas; cuando el desastre se consuma no sólo esa bandera se retira, sino que se incluye una versión roquera del himno nacional que supone una réplica a la solemnidad de los ideales que la ampara. Es el ejemplo más evidente, pero hay más: cuando un soldado está a punto de correrse fantaseando en el desierto con Elsa Pataky y Penélope Cruz, a su alrededor Jerjes se desliza como si fuera una stripper mientras al otro lado del escenario otro compañero se quita los calzoncillos, cubriéndose las partes con la bandera, fornicando en su nombre… Como cuando la protagonista identifica el placer de matar con el sexual, y ese miembro del equipo “lo hace” con el aire.

El público no sólo debe asimilar tales visiones, sino que termina convirtiéndose cómplice de ellas: reciben folletos para que se alisten también ellos mientras deben recordar el desgraciado incidente del Yak42, los problemas que hubieron en la identificación de cadáveres, así como el comportamiento nefasto de Federico Trillo tras fracasar en su gestión. No sé si Los persas: réquiem por un soldado tendría más fuerza conservando las características del original literario, pero a cambio tiene la virtud de plantear preguntas que se contestan con contundencia –pero sin tomar al espectador como un tonto al que haya que demostrarla valía de sus planteamientos-, quizás subrayando determinados elementos, pero insuflándoles un indiscutible sentido del riesgo. De vida.